NUMA MOLINA ALTO PANA DE FRANCISCO

ADMIRACIÓN Y ENVIDIA DESPIERTA EL SACERDOTE JESUITA NACIDO AL SUR DE MÉRIDA. SU CERCANÍA CON EL PAPA LO HA PUESTO A SALVO DE LAS SEVERAS ADMONICIONES QUE EXIGEN PARA ÉL LOS PRELADOS Y FIELES MÁS CONSERVADORES, Y DE LAS GANAS QUE TIENE DE SANCIONARLO UNA JERARQUÍA QUE NO APRENDE NUNCA LA PARÁBOLA DE LA PAJA EN EL OJO AJENO.

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ • CLODOHER@YAHOO.COM / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Numa Molina es, probablemente, el sacerdote venezolano más cercano al papa Francisco. Esto puede resultar sorprendente por varias razones. La primera de ellas es porque ese lugar podría ocuparlo perfectamente Arturo Sosa, recientemente designado superior general de la orden de los jesuitas o “Papa negro”, como se le dice a quien ocupa este cargo. También podría estar en ese lugar uno de los dos cardenales con los que cuenta Venezuela actualmente: Jorge Urosa Savino y Baltazar Porras. Pero no, duélale a quien le duela, Molina —quien ni siquiera tiene rango de obispo— es el alto pana venezolano de Francisco, y tan es así que en el tiempo que lleva Jorge Mario Bergoglio en el trono de Pedro, ya se han visto varias veces y en una de ellas hasta oficiaron misa juntos.

Natural es que esta cercanía con el Santo Padre sea vista con admiración y simpatía por muchos otros religiosos y fieles. Y también es natural —muy humano— que despierte el pecado de la envidia en otros, a quienes, por razones de jerarquía, debería corresponderles ese privilegio. Dios los perdone.

“Son cosas de jesuitas de izquierda”, dice un conocedor de la dinámica interna de la institución católica. “Les encanta provocar”.

El primer encuentro de Molina con Francisco ocurrió durante la visita del presidente Nicolás Maduro al Vaticano, en 2013. El sacerdote fue el único hombre de sotana que estuvo en la comitiva por el lado venezolano, pero viajó con el permiso de quien era entonces el provincial de los jesuitas en Venezuela, Arturo Peraza. “Él me autorizó a ir, me dijo que si yo, con mi presencia, podía ayudar al diálogo, que lo hiciera”, contó Molina en esa oportunidad. No conocía a Francisco, aunque había estudiado en Roma con un sobrino del Papa, también jesuita. El pontífice le regaló un rosario y le dijo: “Para que rece por mí”.

El segundo encuentro ocurrió en febrero de este año, cuando incluso concelebraron la eucaristía en la capilla de Santa Marta, donde reside el Papa desde que fue designado, en 2013.

Dicen los chismosos de templo adentro (una especie muy bien informada) que la cercanía con el pontífice ha puesto a salvo a Molina de las reprimendas y sanciones que muchos religiosos conservadores piden a gritos y que la cúpula eclesiástica aplicaría con gran gusto si el hombre no tuviera tan formidable padrino. “Como no hay peor cuña que la del mismo palo, los peores enemigos de Numa son los jesuitas, los del ala contraria a la suya, los neoliberales”, susurra el experto en sacristías.

Antes de Francisco, a Molina solían llamarlo a capítulo cada vez que salía en televisión con el comandante Chávez o en alguna actividad vinculada al proceso revolucionario. Lo citaban “para hablar de Teología” y él iba sin complejos porque esa justamente es su especialidad, ya que egresó como doctor en Teología Espiritual de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Reclamarle por tener una posición política puede parecer un acto de extrema hipocresía si se considera que la jerarquía eclesiástica ha participado en todas las actividades de la oposición, incluyendo los pecaminosos días de abril de 2002. Pero, bueno, la parábola de la paja en el ojo ajeno sigue teniendo vigencia.

Para defenderse de esas acusaciones, Numa Molina tiene una ventaja importante, más allá de su relación con el Papa, y es que él ejerce un doble sacerdocio: el del sacramento de la iglesia Católica y el del periodismo. Son dos pasiones, dicho sea en el sentido cristiano de la palabra: un sufrimiento que se afronta con determinación, un camino difícil: “Yo entiendo el periodismo desde la premisa de Jesús, que solo la verdad nos hará libres”, suele decir cuando habla de la compatibilidad de los dos oficios.

Integrante del Movimiento Periodismo Necesario (MPN), el padre Molina es un militante de la comunicación social comprometida. Dice que “un título no lo hace a uno comunicador, la comunicación es un acto humano y para ejercerla, para vivirla, para demostrarla, no hace falta un certificado”. Sin embargo, él tiene el suyo, obtenido en la Universidad Cecilio Acosta de Maracay y, además, en su alma mater romana dicta una cátedra de  Espiritualidad de la Comunicación, que aúna sus dos vocaciones.

“El periodista hoy debería ser un asceta, capaz de renunciar a bienes materiales porque muchas veces, esas supuestas noticias que vemos por ahí tienen que ver con que alguien ha comprado al periodista”, dijo Molina en una disertación sobre periodismo que igual pudo haber sido un sermón ante su feligresía.

“SEVERO CRÍTICO DE LOS MEDIOS MASIVOS DE LA DERECHA, MOLINA TAMBIÉN HA CUESTIONADO A LOS ÓRGANOS DE DIFUSIÓN REVOLUCIONARIOS, RECLAMÁNDOLES QUE SEAN MÁS CRÍTICOS, QUE LE DEN MAYOR OPORTUNIDAD AL PUEBLO PARA QUE HABLE”

Severo crítico de los medios masivos de la derecha, Molina también ha cuestionado a los órganos de difusión revolucionarios, reclamándoles que sean más críticos, que le den mayor oportunidad al pueblo para que hable. “Si los medios públicos no abren más espacios a la denuncia, se convierten en paraísos terrenales que hablan de todo lo bello. El proceso político que se vive en Venezuela tiene sus errores y no se van a corregir hasta que no los reconozcamos”, enfatiza.

Ana María Hernández, una de sus compañeras en el MPN, cuenta que en esta organización gremial el padre Molina demuestra constantemente su condición de acucioso periodista y de ser formado en la espiritualidad. “Siempre enaltece su origen humilde y orienta en cada uno de sus análisis. Emplea elementos de la comunicación para llevar adelante su misión de paz y amor, en el apostolado de dar a conocer la obra de Jesús, vivo en nosotros”, expresa la profesora de la Universidad Bolivariana de Venezuela.

“El padre Numa tiene la virtud, el don, de construir una atmósfera de confianza y sosiego desde el primer instante de conocerlo, desde el primer contacto con su palabra o su mano amiga; tiende puentes en las diferencias, siempre tendrá una palabra de apoyo, cree en la vida, en el prójimo y alienta la esperanza”, expresa Alfredo Oliva, otro integrante del MPN, quien comenta que había perdido contacto con el mundo de la religión. “Es el proceso bolivariano el que borra las encrucijadas y cruza los caminos, en esos andares colectivos de la Revolución, donde se unen luchas, esperanzas, sueños, utopías, espiritualidad y fuerzas. Allí conocí al cura, al padre, al amigo Numa Molina”.

Oliva asegura que Molina no se atrinchera en dogmas y, sin abandonar un milímetro ni en sus creencias religiosas ni en sus principios, conecta con lo humano. “Desde el primer contacto se logra percibir la sinceridad, sin escrutinio, en un diálogo franco, cargado de espiritualidad y sencillez, excelente humor y aprecio por la tertulia”.

El padre Molina nació en 1957 en Mucuchachí, un pueblito situado en el sur de Mérida, dedicado a la producción agropecuaria y con hermosas caídas de agua. Ha pasado muchos años de su vida en Caracas y otros tantos en Roma, pero no ha perdido el acento peculiar del estado andino.

En los días de la restauración del histórico templo de San Francisco, estuvo a punto de dañarse de manera permanente los bronquios. El neumonólogo fue claro: o se retiraba por un tiempo de ese ambiente contaminado por los polvillos que desprendían los muy antiguos muros, pisos y techos o se iba a enfermar gravemente. Aferrado a su condición de párroco, se negaba a hacerlo, pero hubo de buscar una residencia temporal para darle una tregua a los pulmones.

Superada la etapa de la restauración, el sacerdote jesuita ha recuperado su salud, y el templo, el esplendor que merece por su larga tradición religiosa y por haber sido el lugar donde el caraqueño Simón Bolívar recibió el glorioso título de Libertador.

Durante el duro tiempo de la enfermedad del comandante Hugo Chávez, Molina fue el paño de lágrimas de centenares de feligreses que acudían a San Francisco a compartir su angustia. Él les recomendaba una oración muy corta: “Señor, el hermano Hugo está enfermo. Sánalo”. Y comentaba que las oraciones son mejores cuando son breves porque en el acto de rezar lo importante no es lo que dice uno, sino lo que dice Dios.

También le tocó absolver y llamar a la reflexión a unos cuantos que, bajo secreto de confesión, admitieron que deseaban la muerte del líder bolivariano. ¿Quién dijo que ser cura revolucionario es fácil?

Numa Molina no se conforma con sus labores en San Francisco. En cierta forma es también el párroco de Ciudad Caribia, el sueño hecho realidad del comandante Chávez. Allí le ha tocado  hacer trabajo de base, desde organizar los bautizos, las comuniones y las actividades de Semana Santa o Navidad, hasta hacerles entender a algunos vecinos que no deben subir sus motos a los apartamentos. En fin, las variadas tareas que debe afrontar, en estos tiempos, un verdadero pastor de almas.

ÉPALE 226 

fuente: epaleccs.info

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