Por las Parroquias. INTENCIÓN DEL PAPA FRANCISCO PARA EL MES DE SEPTIEMBRE.

El Santo Padre explica que las parroquias tienen que ser casas donde la puerta esté siempre abierta para salir hacia los demás. “Se trata de abrir las puertas y dejar que Jesús salga afuera con toda la ALEGRÍA de su mensaje”

Peregrinando hacia la cuna de Monseñor Romero con el Card. Rosa Chávez.

(RV).- Ciento cincuenta y siete kilómetros y tres mil personas, en una peregrinación que duró tres días, para honrar la memoria del Beato salvadoreño, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, a cien años de su natalicio.

Encabezó la procesión del pueblo fiel de Dios el Cardenal Gregorio Rosa Chávez, Obispo Auxiliar de san Salvador; mientras que en representación del Papa Francisco, quien fuera invitado a participar, su enviado especial para la ocasión el Cardenal Ricardo Ezzati,  Arzobispo de Santiago de Chile.

Entrevistado por el padre Manuel Dorantes, párroco de la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Chicago, el Cardenal Rosa Chávez, destacó la enorme participación: “Esto marca un antes y un después en la historia de El Salvador”, expresó.

visto la historia de este país ¿qué significado tiene este evento?

Es maravilloso, llevamos tres días caminando hacia la cuna del profeta. Es el lema que seguimos. Este camino se llamará de ahora en adelante “La ruta de Monseñor Romero”. Hemos dejado unas cruces en el camino que serán marcas para los futuros peregrinos. Un pueblo que se pone en camino como éste, es invencible, estamos muy emocionados y esto marca un antes y un después en la historia del El Salvador.

¿En qué sentido marca la diferencia en la historia del país?

Llevamos tanto tiempo de estar contando muertos todos los días, tanto tiempo sin buenas noticias, tanto tiempo sin esperanza en un túnel que parece infinito. De repente, la Iglesia convoca esta marcha y la respuesta supera nuestras expectativas. Hay tanta gente joven que está asumiendo la bandera de Romero. Tanta gente adulta que quiere comunicar valores, fe, utopías. Es un país que está representado en lo mejor que tiene el país y que lo simboliza este profeta increíble y mártir maravilloso que es Monseñor Romero. Estamos sorprendidos de la respuesta y maravillados del ambiente que ha reinado. La gente nos ha esperado en el camino, apoyándonos de diversas maneras, y esto significa que el pueblo solidario tiene derecho a ser realmente feliz y a vivir en paz. La paz es lo que más está clamando la gente en este caminar.

En estos tres días la gente está ofreciendo este caminar por una intención, … ¿usted por qué camina?

Hay un capítulo que usted ha mencionado. Hay gente que está caminando para pedirle perdón a Romero. Gente que viene en silencio como penitente para pedirle perdón a Romero. Desde que el Papa me nombró cardenal hay gente que me abraza para decirme “quiero pedir perdón”. Que sea un terremoto infinito para que el pueblo se reconcilie con Dios, consigo mismo y con la historia. Hoy estamos haciendo historia.

Fue la celebración de los 100 años en Inglaterra de Monseñor Romero, y el Arzobispo Paglia, postulador de la causa de canonización del Beato Romero, dijo que lo más seguro es que el próximo año sea canonizado. ¿Cuál es su sentir sobre esto?

Yo lo comuniqué en dos paradas que hicimos en el primer día y dije que hay que cambiar una palabra: de «posiblemente» a «seguramente». Después de esta marcha, ¿quién no va a querer que el monseñor Romero sea canonizado el próximo año? Por lo tanto, que nos escuche la Iglesia y el Papa Francisco y que el año que viene sea el año de la glorificación plena de Romero. Este pueblo lo está diciendo con su presencia y ya está preparado para esta gracia maravillosa. […]

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)
(Griselda Mutual)

Jornada Mundial por los Pobres se celebrara el 19 de noviembre

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

I JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
19 de noviembre de 2017

No amemos de palabra sino con obras

 

1. «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18). Estas palabras del apóstol Juan expresan un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. La seriedad con la que el «discípulo amado» ha transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús se hace más intensa debido al contraste que percibe entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos con los que tenemos que enfrentarnos. El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Por otro lado, el modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).

Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. Y esto es posible en la medida en que acogemos en nuestro corazón la gracia de Dios, su caridad misericordiosa, de tal manera que mueva nuestra voluntad e incluso nuestros afectos a amar a Dios mismo y al prójimo. Así, la misericordia que, por así decirlo, brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

2. «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (Sal 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocación. Está muy atestiguada ya desde las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres «llenos de espíritu y de sabiduría» (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en la escena del mundo: el servicio a los más pobres. Esto fue posible porque comprendió que la vida de los discípulos de Jesús se tenía que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la enseñanza principal del Maestro, que proclamó a los pobres como bienaventurados y herederos del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3).

«Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupación de los primeros cristianos. El evangelista Lucas, el autor sagrado que más espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin retórica la comunión de bienes en la primera comunidad. Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generación, y por lo tanto también a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los más necesitados. El apóstol Santiago manifiesta esta misma enseñanza en su carta con igual convicción, utilizando palabras fuertes e incisivas: «Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre. Y sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? […] ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta» (2,5-6.14-17).

3. Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres.

Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. Él no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos. Él mismo vio en ese encuentro el punto de inflexión de su conversión: «Cuando vivía en el pecado me parecía algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Señor me condujo entre ellos, y los traté con misericordia. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3; FF 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.

No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Crisóstomo: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (Hom. in Matthaeum, 50,3: PG 58).

Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma.

4. No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).

Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida.

5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contemporáneo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada.

Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad.

Todos estos pobres —como solía decir el beato Pablo VI— pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» (Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 septiembre 1963) y obligan a la opción fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.

6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados. Quisiera que, a las demás Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradición en la vida de nuestras comunidades, se añada esta, que aporta un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres.

Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna.

7. Es mi deseo que las comunidades cristianas, en la semana anterior a la Jornada Mundial de los Pobres, que este año será el 19 de noviembre, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente. De hecho, la realeza de Cristo emerge con todo su significado más genuino en el Gólgota, cuando el Inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios. Su completo abandono al Padre expresa su pobreza total, a la vez que hace evidente el poder de este Amor, que lo resucita a nueva vida el día de Pascua.

En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.

8. El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración que se dice en plural: el pan que se pide es «nuestro», y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación.

9. Pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los diáconos —que tienen por vocación la misión de ayudar a los pobres—, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado que se comprometan para que con esta Jornada Mundial de los Pobres se establezca una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo.

Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.

Vaticano, 13 de junio de 2017

Memoria de San Antonio de Padua

Francisco

 

Previsiones Informativas del Papa Francisco de la semana del 15 al 21 de agosto

(RV).- El martes 15 de agosto, se celebrará la Solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y Señor Jesucristo, quien, tras concluir el curso de su vida en la tierra, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria de los cielos. Esta verdad de fe, recibida de la tradición de la Iglesia, fue definida solemnemente por el Papa Pío XII en 1950. A mediodía, el Santo Padre Francisco rezará la oración del Ángelus con los fieles y peregrinos que se darán cita en la Plaza de San Pedro.

Ese día se cumplirá el 3º aniversario del viaje apostólico del Papa Bergoglioa Corea del Sur, con motivo de la VI Jornada de la Juventud Asiática, que se celebró del 13 al 18 de agosto de 2014.

Asimismo se cumplirá el 27º aniversario de la publicación de la Constitución apostólica “Ex corde Ecclesiae”. Se trata de un texto de referencia para las Universidades católicas, promulgado por San Juan Pablo II el 15 de agosto de 1990.

También el 15 de agosto en El Salvador se llevarán a cabo las celebraciones por el centenario del nacimiento del Beato Oscar Arnulfo Romero, que contarán con la presencia del Cardenal Andrello Ricardo Ezzati, Arzobispo de Santiago de Chile, en su calidad de Enviado Especial del Papa Francisco.

En la India se celebrará ese día el 70º aniversario de la independencia, alcanzada en 1947.

El miércoles 16 de agosto el Papa Francisco no celebrará su tradicional audiencia general. Ese día

se recordará la memoria litúrgica de San Esteban, Rey de Hungría, quien, regenerado por el Bautismo y habiendo recibido la corona real de manos del Papa Silvestre II, veló por la propagación de la fe de Cristo entre los húngaros y puso en orden la Iglesia en su reino, dotándola de bienes y monasterios. Justo y pacífico en el gobierno de sus súbditos, murió en Alba Real, en Hungría, el día de la Asunción.

Ese día se recordará el 12º aniversario de la muerte del Hermano Roger Schutz, fundador de la Comunidad ecuménica de Taizé, quien fue asesinado por una desequilibrada el 16 de agosto de 2005, durante la oración vespertina.

El jueves 17 de agosto se celebrará la memoria litúrgica de San Eusebio, Papa, quien fue un valeroso testigo de Cristo. El emperador Majencio lo deportó a la isla de Sicilia, donde dejó la patria terrenal para merecer la patria celestial. Su cuerpo fue trasladado a Roma y enterrado en el cementerio de San Calixto.

Ese día Indonesia celebrará la fiesta  de la Independencia.

El viernes 18 de agosto se recordará la memoria litúrgica de Santa  Elena de Constantinopla, madre del emperador Constantino, quien se interesó de modo especial por ayudar a los pobres y acudía a la iglesia piadosamente confundida entre los fieles. Habiendo peregrinado a Jerusalén para descubrir los lugares del Nacimiento de Cristo, de su Pasión y Resurrección, honró el pesebre y la cruz del Señor con basílicas dignas de veneración.

Afganistán celebrará ese día la fiesta  de la Independencia.

El sábado 19 de agosto se celebrará la Jornada mundial humanitaria instituida por la ONU.

Ese día se recordará la memoria litúrgica San Sixto III, Papa, quien restableció la concordia entre el Patriarcado de Antioquía y el de Alejandría y erigió para el pueblo de Dios la Basílica romana de Santa María la Mayor, que surge en el monte Esquilino.

Del 19 al 24 de agosto en Francia, se recordará el 20º aniversario de la Jornada Mundial de la Juventud de París, bajo el lema: “Maestro, ¿dónde vives? Vengan y verán”.

El domingo 20 de agosto a mediodía, el Papa Bergoglio rezará la oración mariana del Ángelus con los fieles y peregrinos que se darán cita en la Plaza de San Pedro.

Del 20 al 26 de agosto en Italia, se celebrará el Mitin de Rímini sobre el tema: “Lo que tú heredas de tus padres, vuélvetelo a ganar, para poseerlo”. El evento comenzará a las 10.45 con la celebración de la Santa Misa que presidirá Monseñor Francesco Lambiasi, Obispo de Rímini.

El Mitin, recordamos, es una iniciativa de finales de la década de los años 70, para profundizar lo que tiene de bello y bueno la cultura del tiempo y fue pensado como encuentro entre personas de fe y culturas diversas. De este modo se convirtió en un lugar en el que se puede construir la paz, la convivencia y la amistad entre los pueblos. Cada año participan en este Mitin personalidades del mundo de la política, administradores de la economía, representantes de religiones y culturas, intelectuales y artistas, deportistas y protagonistas de la escena mundial.

En Francia se celebrará el 77º aniversario de la fundación de la Comunidad de Taizé.

El lunes 21 de agosto se recordará la memoria litúrgica del Papa San  Pío X, quien había sido Obispo de Mantua y Patriarca de Venecia. Una vez elegido Sumo Pontífice adoptó una forma de gobierno dirigida a instaurar todas las cosas en Cristo, que llevó a cabo con sencillez de ánimo, pobreza y fortaleza, promoviendo entre los fieles la vida cristiana mediante la participación en la Eucaristía, la dignidad de la sagrada liturgia y la integridad de la doctrina.

Fuente: Radio Vaticano (María Fernanda Bernasconi – RV).

 

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA EL IX ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA EL IX ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS SOBRE EL TEMA: «EL EVANGELIO DE LA FAMILIA: ALEGRÍA PARA EL MUNDO»

[Dublín, 21-26 de agosto de 2018]

Al Venerado hermano

el cardenal Kevin Farrel,

Prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida

Al finalizar el VII Encuentro mundial de las familias, que tuvo lugar en Filadelfia en septiembre de 2015, anuncié que el sucesivo encuentro con las familias católicas del mundo entero tendría lugar en Dublín. Queriendo ahora iniciar la preparación, estoy feliz de confirmar que se desarrollará del 21 al 26 de agosto de 2018, sobre el tema: «El Evangelio de la familia: alegría para el mundo». Y respecto a tal tema y a su desarrollo querría ofrecer algunas indicaciones más precisas. Es de hecho mi deseo que las familias tengan una manera de profundizar su reflexión y compartir los contenidos de la Exhortación Apostólica postsinodal Amoris laetitia. Se podría preguntar: ¿el Evangelio sigue siendo una alegría para el mundo? Y aún más: ¿la familia sigue siendo buena noticia para el mundo de hoy?

¡Yo estoy seguro de que sí! Y este “sí” está fundado sólidamente en el designio de Dios. El amor de Dios es su “sí” a toda la creación y al corazón de la misma, que es el hombre. Es el “sí” de Dios a la unión entre el hombre y la mujer, en apertura y servicio a la vida en todas sus fases; es el “sí” al compromiso de Dios por una humanidad herida muy a menudo, maltratada y dominada por la falta de amor. La familia, por lo tanto, es el “sí” del Dios amor. Solo a partir del amor la familia puede manifestar, difundir y regenerar el amor de Dios en el mundo. Sin el amor no se puede vivir como hijos de Dios, como cónyuges, padres y hermanos.

Deseo subrayar cuánto sea importante que las familias se pregunten a menudo si viven a partir del amor, por el amor y en el amor. Eso, concretamente, significa darse, perdonarse, no impacientarse, anticipar al otro, respetarse.

La vida familiar sería mejor si cada día se vivieran las tres sencillas palabras “permiso”, “gracias”, “perdón”. Cada día experimentamos la fragilidad y debilidad y por esto todos nosotros, familias y pastores, necesitamos una renovada humildad que plasme el deseo de formarnos, de educarnos y ser educados, de ayudar y ser ayudados, de acompañar, discernir e integrar a todos los hombres de buena voluntad. Sueño con una Iglesia en salida, no autoreferencial, una Iglesia que no pase distante a las heridas del hombre, una Iglesia misericordiosa que anuncie el corazón de la revelación de Dios Amor que es la Misericordia. Es esta misma misericordia que nos hace nuevos en el amor; y sabemos cuánto las familias cristianas sean lugares de misericordia y testigos de misericordia; después del Jubileo extraordinario lo serán incluso más, y el Encuentro de Dublín podrá ofrecer signos concretos.

Invito por tanto a toda la Iglesia a tener presentes estas indicaciones en la preparación pastoral al próximo Encuentro Mundial.

A usted, querido hermano, junto a sus colaboradores, se le presenta la tarea de aplicar de forma particular la enseñanza de Amoris laetitia, con la que la Iglesia desea que las familias estén siempre en camino, y en esa peregrinación interior que es manifestación de vida auténtica.

Mi pensamiento va de forma especial a la archidiócesis de Dublín y a toda la querida nación irlandesa, por la generosa acogida y el compromiso que conlleva acoger un evento de tal envergadura. El Señor os recompense desde ahora, concediéndoos abundantes favores celestes. La Santa Familia de Nazaret guíe, acompañe y bendiga vuestro servicio y toda las familias comprometidas en la preparación del gran Encuentro Mundial de Dublín.

Vaticano, 25 marzo 2017

Francisco

Suspensión de las Audiencias del Papa en el mes de julio y de las misas en Santa Marta en julio y agosto

(RV).- La Santa Sede ha informado que, se suspenden las Audiencias generales de los días miércoles durante todo el mes de julio. Las mismas, se reanudarán en primer miércoles de agosto en el Aula Pablo VI.

También se precisa que, la única cita pública del Santo Padre, sigue siendo el Ángelus dominical.

Así mismo, se informa que, las Misas matutinas del Papa con los grupos de fieles en la Capilla de la Casa de Santa Marta se suspenden en los meses de julio y de agosto y se reanudarán a mediados de septiembre.

Fuente: (Renato Martinez – Radio Vaticano)

Papa Francisco nombra nuevo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe Mons. Luis F. Ladaria,

El Santo Padre ha manifestado su agradecimiento al Cardenal Gerhard Ludwig Müller al concluir su mandato quinquenal de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de Presidente de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”, de la Comisión Pontificia Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional, y ha llamado a sucederle en los mismos cargos a Monseñor Luis Francisco Ladaria Ferrer, S.I., Arzobispo titular de Tibica, hasta ahora Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Monseñor Ladaria nació en Manacor, municipio español en la isla de Mallorca, el 19 de abril de 1944. Estudió en la Universidad de Madrid, donde se graduó con una licenciatura en Derecho en 1966. Entró en la Compañía de Jesús el 17 de octubre de 1966. Asistió a la Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, y a la escuela de Sankt Georgen de Filosofía y Teología en Fráncfort del Meno, Alemania.

Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973. En 1975 obtuvo el doctorado en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana, con una tesis titulada «El Espíritu Santo en San Hilario de Poitiers». En 1984, asumió el cargo como profesor de teología dogmática en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, donde fue vicerrector entre 1986 y 1994.

El 9 de julio de 2008 fue nombrado Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, por el Papa emérito Benedicto XVI, cargo que desempeñó hasta la fecha.

Comunicado Publico a la opinión Nacional e Internacional del Movimiento Católico Venezolano

Basta ya de Politiquería divisoria dentro de la Iglesia Católica en Venezuela  CEV debe ser portadora de Paz, Dialogo, Concordia y Unidad.
En un comunicado el Movimiento Católico Venezuela (MCV) fijo posición ante falta de pastoral y evangelizan de la CEV la cual en los últimos años y meses se han dedicado a la politiquería haciendo daño a la feligresía en general y parcializándose con la oposición Venezolana.

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO Y BENDICIÓN DE LOS PALIOS PARA LOS NUEVOS ARZOBISPOS METROPOLITANOS

 

La liturgia de hoy nos ofrece tres palabras fundamentales para la vida del apóstol: confesiónpersecuciónoración.

La confesión es la de Pedro en el Evangelio, cuando el Señor pregunta, ya no de manera general, sino particular. Jesús, en efecto, pregunta primero: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16,13). Y de esta «encuesta» se revela de distintas maneras que la gente considera a Jesús un profeta. Es entonces cuando el Maestro dirige a sus discípulos la pregunta realmente decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). A este punto, responde sólo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Esta es la confesión: reconocer que Jesús es el Mesías esperado, el Dios vivo, el Señor de nuestra vida.

Jesús nos hace también hoy a nosotros esta pregunta esencial, la dirige a todos, pero especialmente a nosotros pastores. Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. Pues de poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida. Él nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?». Es como si dijera: «¿Soy yo todavía el Señor de tu vida, la orientación de tu corazón, la razón de tu esperanza, tu confianza inquebrantable?». Como san Pedro, también nosotros renovamos hoy nuestra opción de vida como discípulos y apóstoles; pasamos nuevamente de la primera a la segunda pregunta de Jesús para ser «suyos», no sólo de palabra, sino con las obras y con nuestra vida.

Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón. Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder» por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir al día» o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo. Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución.

Y esta es la segunda palabra, persecución. No fueron sólo Pedro y Pablo los que derramaron su sangre por Cristo, sino que desde los comienzos toda la comunidad fue perseguida, como nos lo ha recordado el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 12,1). Incluso hoy en día, en varias partes del mundo, a veces en un clima de silencio —un silencio con frecuencia cómplice—, muchos cristianos son marginados, calumniados, discriminados, víctimas de una violencia incluso mortal, a menudo sin que los que podrían hacer que se respetaran sus sacrosantos derechos hagan nada para impedirlo.

Por otra parte, me gustaría hacer hincapié especialmente en lo que el Apóstol Pablo afirma antes de «ser —como escribe— derramado en libación» (2 Tm 4,6). Para él la vida es Cristo (cf. Flp 1,21), y Cristo crucificado (cf. 1 Co 2,2), que dio su vida por él (cf. Ga 2,20). De este modo, como fiel discípulo, Pablo siguió al Maestro ofreciendo también su propia vida. Sin la cruz no hay Cristo, pero sin la cruz no puede haber tampoco un cristiano. En efecto, «es propio de la virtud cristiana no sólo hacer el bien, sino también saber soportar los males» (Agustín, Disc. 46.13), como Jesús. Soportar el mal no es sólo tener paciencia y continuar con resignación; soportar es imitar a Jesús: es cargar el peso, cargarlo sobre los hombros por él y por los demás. Es aceptar la cruz, avanzando con confianza porque no estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros. Así, como Pablo, también nosotros podemos decir que estamos «atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados» (2 Co 4,8-9).

Soportar es saber vencer con Jesús, a la manera de Jesús, no a la manera del mundo. Por eso Pablo —lo hemos oímos— se considera un triunfador que está a punto de recibir la corona (cf. 2 Tm 4,8) y escribe: «He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (v. 7). Su comportamiento en la noble batalla fue únicamente no vivir para sí mismo, sino para Jesús y para los demás. Vivió «corriendo», es decir, sin escatimar esfuerzos, más bien consumándose. Una cosa dice que conservó: no la salud, sino la fe, es decir la confesión de Cristo. Por amor a Jesús experimentó las pruebas, las humillaciones y los sufrimientos, que no se deben nunca buscar, sino aceptarse. Y así, en el misterio del sufrimiento ofrecido por amor, en este misterio que muchos hermanos perseguidos, pobres y enfermos encarnan también hoy, brilla el poder salvador de la cruz de Jesús.

La tercera palabra es oración. La vida del apóstol, que brota de la confesión y desemboca en el ofrecimiento, transcurre cada día en la oración. La oración es el agua indispensable que alimenta la esperanza y hace crecer la confianza. La oración nos hace sentir amados y nos permite amar. Nos hace ir adelante en los momentos más oscuros, porque enciende la luz de Dios. En la Iglesia, la oración es la que nos sostiene a todos y nos ayuda a superar las pruebas. Nos lo recuerda la primera lectura: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Una Iglesia que reza está protegida por el Señor y camina acompañada por él. Orar es encomendarle el camino, para que nos proteja. La oración es la fuerza que nos une y nos sostiene, es el remedio contra el aislamiento y la autosuficiencia que llevan a la muerte espiritual. Porque el Espíritu de vida no sopla si no se ora y sin oración no se abrirán las cárceles interiores que nos mantienen prisioneros.

Que los santos Apóstoles nos obtengan un corazón como el suyo, cansado y pacificado por la oración: cansado porque pide, toca e intercede, lleno de muchas personas y situaciones para encomendar; pero al mismo tiempo pacificado, porque el Espíritu trae consuelo y fortaleza cuando se ora. Qué urgente es que en la Iglesia haya maestros de oración, pero que sean ante todo hombres y mujeres de oración, que viven la oración.

El Señor interviene cuando oramos, él, que es fiel al amor que le hemos confesado y que nunca nos abandona en las pruebas. Él acompañó el camino de los Apóstoles y os acompañará también a vosotros, queridos hermanos Cardenales, aquí reunidos en la caridad de los Apóstoles que confesaron la fe con su sangre. Estará también cerca de vosotros, queridos hermanos Arzobispos que, recibiendo el palio, seréis confirmados en vuestro vivir para el rebaño, imitando al Buen Pastor, que os sostiene llevándoos sobre sus hombros. El mismo Señor, que desea ardientemente ver a todo su rebaño reunido, bendiga y custodie también a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, y al querido hermano Bartolomé, que la ha enviado como señal de comunión apostólica.